
domingo, 29 de agosto de 2010
Cuatro minutos en el microondas.

viernes, 27 de agosto de 2010
¿Te acuerdas?

Cuando decidí que las casas de muñecas me quedaban pequeñas y que prefería pintarme las uñas de azul, nos distanciamos. Fue cuando nuestras pieles se convirtieron en plastilina, en chicles soldados pero independientes, en sabores incompatibles.
Fresa. Punto y aparte.
Menta. Punto y aparte.
Maldito cirujano.
Tú estuviste en el Sur y yo en el Norte, tú estuviste en China y yo en París, tú estuviste en Mercurio y yo en Saturno. Tú sonreíste a dos metros de mí y no me miraste. Yo me dormí frente a tí porque te ignoré.
Y aún así no llegamos a rompernos. Al menos no del todo.
Cuando alguien pulsó el interruptor nos encontramos. Tomábamos el mismo café, respirábamos el mismo aire, fumábamos el mismo cigarro, nos sentábamos en la misma silla, compartíamos las mismas palabras.
Dime que te acuerdas.
martes, 24 de agosto de 2010
Sorpresa.

Sin embargo él no veía más que una mirada en su mirada, una sonrisa en su sonrisa, un misterio en su misterio. Y cuando todas las cartas fueron mostradas, cuando la sangre brotó y las verdades surgieron, llegó, súbitamente, la sorpresa.
Lo.
lunes, 23 de agosto de 2010
Noctambulismo.
Nado en 37,5 grados y alguien estornuda al otro lado del mundo.
jueves, 19 de agosto de 2010
Vuelve.

Sus párpados se habían congelado, sus ojos resecos y enrojecidos escudriñaban la misma estampa inalterable porque no existía nada más. El mundo se había desvanecido, quedando reducido a una horrorosa butaca arrogante, y a una disponibilidad incorpórea y sangrante.
Vuelve.
miércoles, 18 de agosto de 2010
Veintidós.
No me gusta que me toquen en pelo, ni las flores, ni las espinacas, ni dormir con las persianas abiertas, ni el idioma portugués, ni la purpurina, ni las sonrisas forzadas, ni la manzanilla, ni los petardos, ni conducir, ni las uñas largas, ni los niños, ni las frutas escarchadas, ni las faltas de ortografía, ni las cucarachas, ni la perfección, ni la primera galleta del paquete, ni las joyas, ni los payasos, ni la falta de naturalidad, ni los aparatos tecnológicos, ni los domingos, ni los gatos, ni los cipreses, ni el color malva, ni el arroz en las bodas, ni la intimidad revelada, ni los helados de vainilla, ni el fútbol, ni los pies, ni las tormentas, ni las películas predecibles, ni los planes a largo plazo, ni el pepino, ni los sueños que se repiten, ni las mentiras, ni los zuecos, ni echar de menos, ni que llegue el autobús cuando acabo de encender un cigarro.
Hoy cumplo veintidós años y sigo considerándome una completa desconocida. Espero ser capaz de ir encajando las piezas del puzzle .

Con un año aprendí a caminar.
Con dos, me asustaba el fuego.
Con tres, empecé a ir al colegio.
Con cuatro, fui adicta a La Sirenita.
Con cinco, leía en voz alta cada letrero.
Con seis, llegué a Gijón.
Con siete, merendaba bocadillos de chocolate viendo Scooby Doo.
Con ocho, supe que las matemáticas no eran lo mío.
Con nueve, los Reyes Magos revelaron su identidad.
Con diez, forraba mis carpetas con recortes de revistas.
Con once, escribía un diario.
Con doce, era la más bajita de la clase.
Con trece, "¿pero dónde vas con esas pintas?".
Con catorce, lo fotografié todo.
Con quince, el tabaco llegó para quedarse.
Con dieciséis, me quitaron la ortodoncia.
Con diecisiete, creí enamorarme.
Con dieciocho, cambió mi vida.
Con diecinueve, las amistades ( y los tréboles) se consolidaron.
Con veinte, abrí los ojos.
Con veintiuno, disfruté.
lunes, 16 de agosto de 2010
De lunes a lunes.

Reírnos siempre de las mismas estupideces.
Hacernos preguntas absurdas y jamás encontrar la respuesta.
Despertarnos con un "¿Eso que oigo es aguaaaa?".
Jugar al mentiroso.
Perdernos por la carretera.
Discutir como un matrimonio.
Darte mal las indicaciones y que tú me llames desastre.
Comer ensaladilla rusa.
"Moriremos jóvenes".
Sentarnos en un banco a mirar al infinito.
Encontrar la forma de acabar con la prostitución creando el grua-bus.
Cenar comida de Mc Donalds en un (casi) bosque.
Buscar la casa ideal.
Descubrir a nuestros yoes ancianos.
Perder neuronas, memoria y salud.
Bañarnos en la playa como cura anti resaca.
Intentar ir al autocine, pero no.
Dar con el jardín terapéutico.
"Es que estás muy pesada". "Y tú no tienes paciencia". "Pues se fue a juntar el hambre con las ganas de comer".
Sabernos de memoria videos idiotas y seguir llorando de risa.
Jugárnosla.
Desesperarnos con la radio del coche.
Buscar por todas partes unas patatas con mayonesa a las 8 de la mañana.
Llegar tarde.
"Qué poco confías en mí". "Poco no, nada".
Dar conversación a los taxistas.
Amanecer moribundos y quejándonos.
Dormirnos viendo una peli.
Bailar.
Pasear por calles empedradas.
"Oye, ese olor a chorizo... ¿de dónde viene?".
Tomar cervezas en una terraza.
Compartir teléfono móvil.
Escuchar el mismo disco una y otra vez.
Llegar a dar asco.
Trepar por rocas y sufrir al tener que bajar.
Hacer fotos y no morir en el intento.
Emborracharnos.
Oír música inexistente.
Ahogar un móvil en una copa de vodka-limón.
Pelear con hormigas voladoras.
"¿Por aquí no pasamos ayer?"
Y un largo etcétera.
Aunque nadie lo entienda.
lunes, 9 de agosto de 2010
Perfectamente.

Desayunaba tostadas con mermelada de fresa, su favorita. El café estaba muy caliente, como a ella le gustaba; y el zumo de naranja, recién hecho. A través de la ventana que daba al balcón, se colaban algunos rayos de Sol tímidos y madrugadores.
Todo iba perfectamente.
Acababa de salir de la ducha, el pelo mojado le caía por los hombros, y algunas gotitas de agua se deslizaban apresuradas por su espalda llegando a humedecer la goma de sus braguitas de flores. El olor del champú se mezclaba con el del café y el resultado era embriagador y agradable.
Todo iba perfectamente.
Desde su posición, podía a ver a los primeros trabajadores deambulando por la acera, y algunos coches demasiado dormidos aún como para enfrentarse entre ellos.
Si se volvía, adivinaba en el suelo la sucesión de huellas mojadas procedentes del baño. En el sofá descansaba una manta, todavía revuelta y arrugada, que le había hecho compañía durante la película de la noche anterior. Y a su lado, en el caballete, amanecía un cuadro sin terminar que prometía quietud e ingenuidad.
Todo iba perfectamente.
El tocadiscos reposaba sobre una mesa de madera clara, y emitía sus primeros sonidos del día, haciendo que las tostadas supieran aún mejor e ilustrando la escena de forma impecable.
Ma chambre a la forme d'une cage,
le soleil passe son bras par la fenêtre...
Je veux seulement oublier
et puis je fume...
Se encendió un cigarrillo que fumó despacio, a caladas profundas y espaciadas, llenando sus pulmones de un humo azul tan dañino como anestesiante. Lo apagó en el plato, al lado de la taza, fusionando sus dos grandes vicios. Se quedó unos minutos más mirando por la ventana mientras escuchaba cómo se morían las últimas notas.
Todo iba perfectamente.
Se levantó, recogió la bandeja y la dejó sobre la encimera de la cocina.
Habiendo terminado el desayuno y la canción, el día recuperaría su ritmo habitual, el vacío volvería a estar presente y las inseguridades ordinarias se colarían de nuevo por debajo de la puerta.
El café con su cigarro, la ducha de las mañanas, la luz a través del cristal, la letra de una canción, la mezcla de aromas, la soledad elegida... Los detalles que colorean la cotidianidad hacen que a veces -sólo a veces- todo vaya perfectamente.
sábado, 7 de agosto de 2010
Entre un "hola" y un "adiós".

martes, 3 de agosto de 2010
M.
Ambiente seco, desolado, abrasador (a modo de saludo).
El asfalto incandescente templaba las plantas de dos pies valientes que se atrevían a recorrerlo. El pavimento renegrido y asfixiado sudaba, y su secreción alquitranada ascendía hasta encontrarse, sin permiso, con su olfato. Había llegado el verano a desertizar la ciudad, a despojarla de la hospitalidad primaveral y a privar a su prisionera de dóciles y tibios atardeceres.
El tráfico había sido más vivo que ella y se había disuelto antes de que agosto se atreviera a amenazarlo. Lejanas las bocinas, corrió por el medio de la carretera, saltando de línea en línea y buscando en la memoria del color blanco un recuerdo de frescura. No lo encontró. Transitó por todas las calles cercanas sin dar con un soplo atenuante, con una brisa paliativa.
Fatigada, se sentó en el borde de la acera con los brazos reposando sobre las rodillas temblorosas y la cabeza hundida entre las piernas. Su respiración acelerada se fue sosegando poco a poco hasta alcanzar la calma y el silencio que la ciudad le ofrecía. En su desorientación febril, decidió esperar sobre el suelo encendido a que llegara el otoño a pintar la ciudad con su brocha ocre y crujiente.
Y la llamaban impaciente.
Lo.
lunes, 2 de agosto de 2010
Conmociones reveladas.
Encuadres, enfoques, perspectivas, texturas, luces, colores y colocaciones, se ponían de acuerdo para introducirse dentro de ella y agitar con brusquedad su más recóndita intimidad.
Desconocía a la persona capaz de quebrar su cáscara a base de disparos pero, siendo consciente del poder que ésta detentaba, se alegró de que sus caminos no se hubieran cruzado (todavía).