No conseguía encontrar la salida. Ni siquiera sabía cómo había aparecido en ese lugar. Agitada y nerviosa, daba vueltas por la estancia buscando una vía de escape. El agobio y la fatiga le impedían respirar con facilidad. Se le cerraban los ojos, y, aturdida, se golpeaba contra los muebles y las paredes que llenaban aquella opresiva habitación sin salida. Cuando ya prácticamente había perdido la conocimiento, sintió cómo un golpe seco, rápido y enérgico terminaba con la poca consciencia que le quedaba. Tumbada boca arriba sobre el suelo, agotada y rendida, vio como se apagaba la luz.
-Maldita mosca.
Lo.











