miércoles, 22 de junio de 2011

La muerte de la pasión.

Fue como perder el apetito. No, no fue así. Más bien fue como aborrecer algo por pura reincidencia. Como cuando comes tanto queso de untar que termina por resultar repulsivo. No, tampoco fue exactamente de ese modo. Realmente fue dejadez, desidia, apatía, abandono. No llegó a ser asco, sino que se trató de un procedimiento más nimio y autónomo, en el que ni ella ni él tomaron parte, aunque parecía lógico buscar culpables.

Ellos eran el azote salvaje de la más virtuosa pasión. Eran el fuego, el incendio, la brasa y la ruina. Ellos, juntos, eran lujuria desatada, pero suave en vez de tosca. Eran animales domados, flores silvestres cautivas en un cristal tallado sin bosquejos.
Cuando sus cuerpos se encontraban, se esfumaban el escenario y las voces de los personajes secundarios. Se convertían en directores y en actores obedientes de sus propias órdenes tanteadas, improvisadas, triunfantes. Se devoraban y se tragaban sin masticarse, pero nunca se atragantaban. Luego, se digerían despacio, entre suspiros calmados, que eran reminiscencias de los truenos y los rayos, intérpretes de la tormenta pasada. Y en seguida regresaba el apetito voraz, intenso, activo y soberbio de nuevo, preparado para que el deleite volviera a embestirles con fuerza vapuleada.

Ni ella ni él vaticinaban el funesto desenlace de sus dedos, la triste extinción de sus caricias. Ella culpó a su piel marchita y arremetió contra los ojos de él, que ya no querían recorrer la parábola de su cintura. La otra parte, acusó a su propia morfología, a su juicio endeble y redundante. Además, se enfadó con su pareja hostil, enemiga, y con permanente dolor de cabeza.

Así fue como el anhelo se fue mitigando hasta apagarse. No hubo fases, ni progresiones obvias, ni despedidas; pero sí un declive inerte e intangible que desembocó en la adquisición de dos colchones de noventa y en la pérdida de la costumbre de prescindir del pijama.

No fue exactamente inapetencia. Tampoco fue sobredosis. No llegó a barajarse la tirria porque vencieron la fluidez y la independencia. Los protagonistas del dúo no se dieron cuenta, pero sí sus vecinos que, desde su modesto segundo plano, se entregaron a las zetas y se alegraron de la muerte de la pasión.

Lo.

1 comentario:

carlos de la parra dijo...

Maravillosa la progresión de la pasión y por demás triste que ambos perdieran éste privilegio.
Los vecinos,unos natas humanos.