lunes, 8 de noviembre de 2010

Había enmudecido.

Agitaba la estilográfica con rabia y volvía a posarla sobre el folio en blanco. El plumín, cansado, arañaba la hoja, pero a su paso no dejaba ni un miserable escupitajo de tinta azul. Había enmudecido.

Cuando soñaba, imágenes inéditas e historias apasionantes, se agolpaban en su cabeza, suplicando que alguien las esculpiera y las pusiera a secar en la ventana. Trataba de moldearlas mientras dormía y sólo cuando creía que su forma era la correcta, se despertaba y buscaba a tientas el interruptor de la luz escondido entre los barrotes de su cabecero metálico. La libreta descansaba en su mesita de noche, junto a una pluma estilográfica que pedía a gritos ser sustituída por una más joven.
Con los ojos entrecerrados aún, se apresuraba a anotar aquello que mantenía encarcelado en su quebradiza memoria. El sueño le traicionaba a menudo, borrando de un soplido la silueta que empezaba a solidificarse y dejando que la niebla se escapara a través sus oídos.

Seguía agitando la pluma en el aire, pero ésta había sellado los labios. Caprichosa, se negaba a susurrarle las líneas que fluían hacia un mar de tinta seca. Allí enmudecían, allí se morían.

Lo.

1 comentario:

claudia dijo...

a veces se nos escpan los sueños y hasta las palabras