martes, 5 de abril de 2011

Punto final.


Hoy, de camino a casa, crucé un puente. Por debajo de él, pasa una autopista. Pensé en saltar porque la simple facilidad lo hacía atractivo.

Ponerme de puntillas; impulsarme; pasar una pierna por encima de la barandilla; después, la otra; relajar las manos sudorosas que se afierran al metal; y, en milésimas de segundo, acabar espachurrada contra el asfalto. Qué simple.

Llegué a la conclusión de que, para saltar, de nada sirve meditar. Y estando parada, observando desde arriba los coches que pasaban por debajo de mis pies, me di cuenta de que llevaba un buen rato recapacitando sobre esa absurda tentación infundada. La consciencia de mi propia reflexión me despertó y seguí caminando como si nada.

Los puntos finales no se piensan, se ponen
.

Lo.

1 comentario:

claudia dijo...

Pues mira, yo creo que se piensan y mucho.