sábado, 13 de noviembre de 2010

Mi primera princesa.

El pintalabios se escapaba de la comisura de sus labios. Era granate, como la sangre de las niñas que no son princesas. O que sí lo son, pero que saben disimularlo con carreras en las medias.

Cuando lloraba yo no podía mirarla fijamente. Sus lágrimas me hipnotizaban y conseguían hacer que perdiera el juicio. Quería beber la sal de sus llantos de princesa malcriada, la tristeza de sus ojos verdes, la desdicha inexistente que resbalaba por sus mejillas arrancando restos de maquillaje. Nada me afectaba tanto como verla llorar, incluso sabiendo que sus lágrimas eran fingidas y que su sonrisa perlada era compinche en el juego.

Yo la cogía de la mano. Abrazaba, con los míos, sus dedos tristes y largos. Acariciaba sus uñas mordisqueadas y su esmalte desconchado. Ella, caprichosa como era, me rehuía al principio, pero yo soy insistente, charlatán y capaz de resucitar un par de versos de Darío cuando me conviene.

"La princesa está triste...¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
que ha perdido la risa, que ha perdido el color..."

Acababa rindiéndose y regalándome un indicio de sonrisa aburrida, una palabra amable o una mirada furtiva vestida de gris. Cualquier gesto que mi princesa modelara sólo para mí, era motivo más que suficiente para que yo perseverara en la tarea de construir su trono, hecho de palabrería barata y de malas intenciones.

Lo.

1 comentario:

claudia dijo...

Hasta el final parecía bien intencionado. Lástima.