lunes, 14 de junio de 2010

Tres de la tarde.

Se despertó desnuda entre sábanas revueltas. El rimel corrido y reseco pegado a sus pestañas hacía que le escocieran los ojos enrojecidos; y la luz en la habitación no era más que un pitido chirriante.

Se incorporó sujetando con una mano su propia cabeza como si ésta, en algún momento, fuese a desprenderse de su cuerpo y a rodar por el parqué entre montones de ropa desperdigada. Pisó, al levantarse, una cajetilla de tabaco arrugada de la que sacó un cigarro aplastado que en seguida se llevó a los labios. Lo encendió junto a la ventana. La abrió para dejar ir el olor a alcohol, a sexo, a desilusión, a venganza, a furia y a insatisfacción. El humo azul se escapaba al mismo ritmo que sus sentimientos y, sólo cuando apagó la colilla en el alfeizar, regresó a la cama para averiguar a quién pertenecía la espalda arañada que dormía en su colchón.

Lo.


viernes, 11 de junio de 2010

Todos a sus puestos.


Su orquesta silenciosa respondía únicamente a los movimientos de su batuta.

Estaba acostumbrada a mantener un orden estricto en todo aquello que era de su incumbencia. No pertenecía a ese tipo de personas atraídas por el
factor sorpresa o el elemento intrigante. Para ella, la pérdida de equilibrio suponía el caos y el desconcierto, y por ello no contemplaba la posibilidad de que sucediera cualquier cosa.

Era capaz de mantener su estructura inamovible plenamente controlada hasta que apagaba la luz de la mesita de noche. Con la oscuridad llegaba el sueño; con él, la pérdida de conciencia; y consecuentemente, la plena libertad.

Los instrumentos obedientes de la orquesta muda dirigida por su férrea autoridad, se rebelaban por las noches para crear sus propias melodías. Los ritmos coherentes se transformaban en estridencia, en electricidad, en aceleraciones frenéticas y estimulantes. Y, sólo por las noches, en la profundidad de su letargo, esa danza inconexa e irritante conseguía seducirla y hacerla estremecer...

Lo.

martes, 8 de junio de 2010

Credo.

¿No era mucho más sencillo no creer en nada? Para ella un "no" siempre resultaba más fácil, más rotundo. Necesitaba un "no" que no diera lugar a dudas ni a imprecisiones.
"No, no creo."

-No creo en el destino, no creo en las verdades universales, no creo en el futuro, no creo en el drama, no creo en la felicidad, no creo en el adiós, no creo en el amor. No creo.

Por romper con la sencillez, se atrevió a mirar el "no" a través de un cristal menos ambicioso y, quizá, algo distorsionado. Con los ojos entrecerrados...
"Sí, sí creo."

-Creo en la casualidad, creo en las pequeñas certezas, creo en el mañana, creo en los problemas, creo en las sonrisas, creo en la distancia, creo en un beso dormido en la nuca antes del primer café. Creo.

Lo.

lunes, 7 de junio de 2010

Por la mañana.

Aquella mañana había preferido ir caminando. Era agradable pasear por las calles cuando las tiendas todavía estaban cerradas y el café, recién hecho.
Sonreía porque sí; porque a juzgar por lo que veía, la prisa iba unida a las caras largas y a las legañas; porque el mundo a esa hora parecía triste, deprimido y gris.

Pero a ella le apetecía que se le quedaran los dientes fríos.
Lo.

jueves, 3 de junio de 2010

Coño, qué frío.

-¿Te consideras una persona racional o emocional? - le habían preguntado en una ocasión.
-Emocional - contestó ella.

Un tiempo después, reflexionó sobre la breve conversación.
¿Emocional? ¿Qué define a una persona emocional? ¿Es emocinal quien siente MÁS? ¿Lo es quien exterioriza todos sus afectos?
Y, ¿es racional quien razona MÁS? ¿Es racional quien frena o limita la expresión de su interior?

Tomando la temperatura como unidad de medida, siendo la razón el frío y la emoción el calor, se propuso calcular su posición.
Nunca había alcanzado los 40 grados de la pasión y la irreflexión, pero hubo un tiempo en el que había rondado los 25, incluso los 30 en momentos puntuales. Sin embargo el verano se convirtió en otoño, se cayeron las hojas y llegó el invierno. El frío no era desagradable, parecía seguro si sabías protegerte de los rayos del Sol.

Se arrepintió entonces de su apresurada respuesta y cambió "emocional" por "racional".

Sí, sí, definitivamente ella estaba muy cerca de la base del termómetro.

...

...

...

Nada la obligaba ahora a cambiar la estación fría por temperaturas más cálidas, pero ¿ y si un día tiraba el abrigo? ¿y si, con él, tiraba también la razón?
Lo.