Se despertó desnuda entre sábanas revueltas. El rimel corrido y reseco pegado a sus pestañas hacía que le escocieran los ojos enrojecidos; y la luz en la habitación no era más que un pitido chirriante.Se incorporó sujetando con una mano su propia cabeza como si ésta, en algún momento, fuese a desprenderse de su cuerpo y a rodar por el parqué entre montones de ropa desperdigada. Pisó, al levantarse, una cajetilla de tabaco arrugada de la que sacó un cigarro aplastado que en seguida se llevó a los labios. Lo encendió junto a la ventana. La abrió para dejar ir el olor a alcohol, a sexo, a desilusión, a venganza, a furia y a insatisfacción. El humo azul se escapaba al mismo ritmo que sus sentimientos y, sólo cuando apagó la colilla en el alfeizar, regresó a la cama para averiguar a quién pertenecía la espalda arañada que dormía en su colchón.
Lo.



