martes, 4 de octubre de 2011

Un rêve.


A veces, mantengo la inocencia intacta de Amélie Poulain. La guardo en un frasquito de cristal con un tapón de borla azul marino; y me miro al espejo con los ojos grandes y la boca pequeña. Las notas hilvanadas por Yann Teiersen se escapan a través de un imaginario y viejo tocadiscos de madera, de esos que no dejan que el silencio enmudezca del todo, de los que arañan apaciblemente el misterio. Entonces, abrazo mis propias rodillas sobre una silla inestable, mientras me sumerjo en los recuerdos templados que nunca han tenido lugar.

Por la mañana, yo me levanto un poco antes y dejo que sea el Sol quien te abra los ojos y quien caliente las sábanas blancas. Hago café y compro croissants para desayunar desnudos, porque es domingo, y hoy no retratamos turistas, ni damos masajes, ni hacemos la cama. Nos levantamos tarde, pues la premura es de los viajeros; y, para nosotros, tanto el carrusel de Montmartre como la estación de Abbesses seguirán estando ahí. Jugamos a ser los reyes de Lironia, ese país inventado en el que todo tiene cabida y los sueños son más factibles que en Nunca Jamás. Me peino a lo garçon para tí, y a última hora, cuatro pies acompasados desfilan sobre los adoquines de la Rue Lepic, rumbo a la Maison Catherine. Estamos aquí, en el lugar en el que las alcantarillas saciadas riegan las calles angostas; en la ciudad de los tejados bonitos que llaman a sentarse a le soir.

Corren malos tiempos para los soñadores.
Lo.

martes, 23 de agosto de 2011

Hoy.

Hoy me he levantado con resaca. Pero no es una resaca de alcohol, de humo de tabaco, de noches brumosas y grises. Es una resaca que sonríe de medio lado, que está agotada de esconder la amargura bajo las sábanas gastadas y sucias.

Hoy me he levantado con la felicidad exaltada de quien ayer estuvo triste. Me he levantado con los ojos hinchados de llorarte y de dormirte, de recibirte, de aposentarte, de decirte adiós y de darte la bienvenida. Me he hecho un café llamado Roma que sabe a septiembre, a amaneceres trasnochados y a tu cocina. Ha fluído por mis ríos, ha reconfortado mi estómago que llevaba dos días masticando agua salada, pues hay llantos dadores de vida y de muerte.

Hoy me he levantado con una batalla perdida a la que le queda un soldado. Tengo entre mis manos una flor marchita con un sólo pétalo de luz roja; una vela apagada con un rescoldo tenue. Y ante mí, unos ojos verdes tristes, cargados de rencor y con la capacidad de sonreír en pausa.
Y yo, tengo las ganas de dotar de fuerza al soldado, de revivir la flor, de encender la vela, y de conseguir que tus ojos vuelvan a decirme lo feliz que eres.

Hoy me he levantado con ánimo exultante, con deseo de mimarte, con hambre de tus manos, con ganas de quererte. Porque vi el miedo mirándome a la cara, arrojándome su aliento -que es tan frío como dicen- y supe que a quien quiero contemplar y quien quiero que me contemple, no es ese rostro helado, sino tu ojo de cíclope besándome con las pestañas.

Te quiero.


Lo.

viernes, 5 de agosto de 2011

Paremos el tiempo.

Cuando pasó la tormenta, ella se sentó en el suelo, donde habían cenado un día una hamburguesa porque les había parecido divertido. Rodeada de cajas que no la dejaban ver, se encogió y todas aquellas palabras que no había sabido digerir volvieron a resonar en su cabeza, esta vez con pleno significado. Las lágrimas ardían y los puños cerrados eran los que más gritaban dentro del pequeño salón.

Él daba vueltas en la cama, enredándose en aquella sábana asesina decidida a estrangular personas. Pensaba en un pasado que no había conocido, pero que regresaba a una memoria diseñada en su cabeza para albergar dudas y miedos. Bebía de todos los ríos envenenados, que se evaporaban y formaban nubes encargadas de cegar sus ojos verdes.

Apoyada en un respaldo de cartón que ponía "libros" y con un folio en la mano, ella se puso a recordar momentos que uno vive siendo consciente de que son especiales y que merecen durar más que el resto. Los iba anotando en un papel que sería carta, leída por otros ojos.

Los sentimientos de él se contradecían y luchaban. "Te quieros" y "adioses" batallaban en un duermevela incómodo, bañado en ibuprofeno y agua. Se sostenían las razones de la muerte, pues eran las que, con más fuerza, resonaban. Pero estos motivos se enfrentaban a la languidez de los besos dormidos, a las miradas que hablan, al olor a naranjas verdes.

El bote de crema aún dormía en su mesita de noche 20 horas antes de que se parara el tiempo.

Lo.

jueves, 21 de julio de 2011

Diamante.

Marchita y etérea, medio viva, medio muerta, se paseaba por la estancia con sus aires de poetisa transparente. Fumaba sosteniendo con sus finos dedos pálidos una colilla tan apagada como sus ojos grises. El humo ceniciento que la envolvía se convertía en su compañía más cercana y actuaba como su sombra, estela y huella. Los pies descalzos que la hacían terrenal, deshumanizaban al mismo tiempo su presencia, al caminar sin posarse del todo en la superficie de madera lacada. Sólo la larga cola de su bata blanca se atrevía a deslizarse sobre el tacto raso y firme del suelo. Su melena rubia y cinérea se dividía en mechones que respondían a su dualidad, durmiendo algunos sobre sus hombros y flotando otros como si un Bululú superior tirara de sus hilos dotándolos de vida propia. Todo en ella era puro e inmaculado. Las puntillas que adornaban su batín, descansaban sobre sus formas inexistentes, manteniéndose lisas, planchadas y en silencio. Sus tobillos, sus muñencas, su cuello, sus párpados aletargados eran blancos, vírgenes, traslúcidos; y su fragilidad dejaba adivinar las venas azules por las que nadaba su triste sangre de princesa.

Lo.

sábado, 9 de julio de 2011

El mundo está bien hecho.

"El mundo está bien hecho", dijo Jorge Guillén, mostrando su entusiasmo por la vida. No hablaba de un mundo perfectamente hecho, con medidas bien tomadas y proporciones correctas. Se refería a que la propia existencia del mundo es un acierto, es magnífica.

Hablar sobre la vida es ambicioso. Ningún ser vivo sabe nada de la vida. A lo mejor los muertos sí, pero no he tenido la oportunidad de hablar con ninguno hasta la fecha.
Sin saber nada de la vida, los vivos, la vivimos. Y vivir una vida que nos pertenece puede ser amargo y delicioso al mismo tiempo. Todo se trata de aprender a digerir una sucesión de matices y medias tintas. Se trata de mimetizarse, de adaptarse, de cambiar de color y de forma. Y todo ello, sin perder la identidad, el yo, o mejor dicho, los yoes.
Contemplar la vida como una progresión de sabores: dulces, amargos, placenteros, repugnantes. Vencer el dolor, como a una almendra agria, y dilatar en el tiempo el entusiasmo, como si fuese un helado que no queremos que se termine nunca.

Así que, sin saber lo que es existir, nosotros, los privilegiados/desgraciados que tenemos el honor/desdicha, de estar aquí, deambulando por el mundo como sacos de carne rellenos de alma, a veces, nos sentamos a reflexionar sobre el propio hecho de tener el botón encendido. Yo me he parado a hacerlo y mis cavilaciones me han llevado a recordar la cita de Guillén.

A veces, para tocar lo trascendental, para atreverse a rozar lo intangible, para masticar las grandes dudas; sólo hace falta una metáfora tan obvia y elemental, que convierta lo inabarcable en nimio. Y es así cómo complejidad de la vida se deshilacha y se convierte en un menú degustación, en el que encontramos sensaciones deliciosas y gustos chirriantes y desgarradores.

Sea como fuere, y cerrando el cajón de las meditaciones absurdas: el mundo está bien hecho.

Lo.